| Título: | LA SOCIEDAD OPULENTA Y OPRESORA |
| Autor: | JAIME BARYLKO |
| Publicado en: | "EL APRENDIZAJE DE LA LIBERTAD" |
| Fecha: |
Ni pensamos lo que pensamos ni son nuestras las
necesidades nuestras. El bosque de la circunstancia aprieta y va troquelando el
ser individual y al ser colectivo con pautas de necesidades necesarias que,
miradas criticamente, se disuelven en sistemas de intereses que manipulan los
bibs de los unos y los otros.
En consecuencia por encima del mensaje sincrónico de hilos nacidos
conjuntamente, engranaje ese tan bien descrito en la página de Faulkner citada,
se tiende el techo del meta-mensaje diacrónico, nada existencial, de los grupos
de poder que imprimen a todos los hilos una sub-trama, La de las necesidades.
Terminan formando parte, estas necesidades, de mayúsculas como El Hombre, Los
Niños, La Familia, en fin La Vida.
Parte del reino de los cielos del Dogma, Idolos, Ideologias.
Linguisticaniente se expresan en La mínima formula de
"Hay que..."
Hay que salir el sábado a la noche.
Hay que festejar el dia del padre, los cumpleaños, los aniversariOS.
Hay qué tomarse vacaciones en la playa, en Brasil, en Europa. en EE.UU, en
orden creciente de valores.
Hay que estimular a La mujer.
Hay que comprarle a la nena pantalones ajustados.
Hacemos lo que hacemos porque “hay que” hacerlo. Algo asi como un deber
kantiano de honorabilidad existencial. De ese modo, chapoteando en el mismo
charco de la costa, el mismo día de verano, como mismisimos centenares de miles
de compatriotas, uno se siente... uno mismo.
¿Siete o quince o veintitantos años de educación formal para ser uno mismo en
la interminable fila de autos de la ruta 2 ?
¿O para llenar el Luna Park porque canta XZY?
¿Y qué canta XZY, y qué corean 30.000 jóvenes rebeldes, con el mismo corte
de pelo, los mismos jeans, las mismas zapatillas? El mismo estribillo.
¿Y de qué hablan esos estribillos? Del Hombre, del ser uno mismo, del amor, de
Ia libertad, de la incomprensión, de la vida, de cómo crear modalidades
propias de expresion...
Hablamos, es obvio, de La sociedad opulenta. Con todas sus gradaciones desde el
aprendiz de burgués hasta el niño-bien de altas capas socio-económicas.
Es la sociedad que educa.
Es la que se educa.
Es la que protesta. Es la que puede protestar. Es la que encabeza las
manifestaciones a favor de los proletarios, el ingreso irrestricto a la
universidad, la abolición de aranceles.
Están los otros. Los que también son America, según incisiva definición de
Bernardo Verbitzky. Pero no cuentan, salvo en las elecciones. Son la realidad,
pero funcionan como sombra marginal de una Gestalt de Ia cual están
naturalmente excluidos.
La educación no se hace para ellos. Aunque es gratuita para ellos. Pero ellos
no disfrutan de esa educación gratuita. Disfrutan Los hijos de jeans gastados y
zapatillas de ciento cuarenta dólares.
A la sociedad opulenta dedicó Galbraith importantes reflexiones:
“La educación, por lo tanto, es una espada
de doble filo para la sociedad opulenta. Es esencial, dadas las exigencias
técnicas y cientificas de la industria moderna. Pero al ampliar los gustos y al
inducir asimismo unas actitudes más críticas e independientes, mina el poder
de creación de necesidades que es indispensable para la economia moderna. Su
efecto queda puesto más de relieve a medida que la educación permite a la
gente darse cuenta de cómo son manipulados en beneficio del mecanismo que se
suponia estaba a su servicio.”
Nuestras necesidades no son necesidades nuestras. Galbraith pone todo el acento
en el aspecto de la industria y de la economia que se nutre de necesidades
artificiosas. A tal efecto, esa misma sociedad armada para la producción del
consumo in-necesario, es la que sostiene un vasto sisterna educativo para que la
apoye en su supervivencia.
La medicina preserva la vida de las personas que han de consumir rnedicina,
fármacos, pan y tortas, tuercas y heladeras, pero sobre todo las
sofisticaciones de la industria de lo in-necesario, desde el nuevo rnodelo de
calzado hasta el “disco compacto”.
La escuela, en consecuencia, está al servicio de esa perseverancia.
Sea porque educa rnoralrnente hacia la obediencia y el conformisrno, o porque
educa técnicarnente a nuevas generaciones de ingenieros, analistas de
sisternas, biólogos que colaboren en el mantenimiento del sisterna.
Ahora bien, dice Galbraith, esa escuela tiene doble filo. Uno, el previsible,
programable, manejado con cambios de apariencia humanistica ora piagetiana, ora
freudiana, ora chornskyana, y con poesia rebelde de Violeta Parra y Pablo
Milanés, para que el conjunto suene mejor.
Lo imprevisible es que, sin querer, el alumno en su crecimiento intelectual
llegue a pensar eso que no se desea que piense: que el sistema con todos sus
vabores podria ser... diferente; que no todas las necesidades son naturales.
El mismo órgano de subyugarniento, la educación, puede resultar siendo órgano
de rebelión.
La libertad, dijimos, es un residuo. Lo que resta. Un sobrante.
También la educación lo es. Esa educación que procura el aprendizaje de la
libertad es un subrogado imprevisto que no aparece nunca en los tests de
evaluación pero si, y es lo que rnás importa, en la vida real.
Rebelarse contra las falsas necesidades que la sociedad de consumo imprime es
tarea de largo aliento.
La envidia por el auto ajeno —cornenta Galbraith— es mucho
más doborosa que la necesidad de comer, si uno tuviera hambre.
Desde luego que el tema del rnundo es el hambre. Lo trágico es que el hambre,
necesidad natural, sea desplazado a segundo término frente a necesidades mucho
rnás “perentorias”, pasando por todas las clases sociaies, siendo las
inferiores las más indefensas: se deja de comer pero hay que tener televisor
color.